sábado, 17 de abril de 2010

ESOPO SENTENCIÓ: UN SOLO RAFAEL NO HACE PRIMAVERA



ESOPO SENTENCIÓ:
UN SOLO RAFAEL NO HACE PRIMAVERA

Dedicado al poeta Rafael Larrea
Por Efrain Espinoza
Ibiza, España 16 de abril de 2010


"Tienes que entender que la literatura tiene que ser comprometida, no puedes ser un verdadero revolucionario si tu poesía también no lo es". Me dijo el poeta, en tono de sentencia al tiempo que su cabeza desplazaba su poblada barba en forma de un severo péndulo. Sus ojos echaban chispas y tras esa respuesta no tuve la intención de insistir y me quedé con el resto de mis poemas que traía en mi carpeta preparada para la ocasión. Me habían dicho que ha pertenecido a un grupo de reductores de cabeza.
Ese fue mi primer encuentro con el poeta Rafael Larrea. Después ya no fue como la primera vez, ya iban saliendo otros temas. Nombres como Konstantin Stanislavsky, Anton Chejov de a poco se fueron haciendo de uso cotidiano en las conversaciones, pero yo siempre tenía el temor de su fijación en mi cabeza, "eres medio cabezón", me decía a veces con unas palmaditas en el hombro, al tiempo que se desesperaba porque que mis lecturas no vayan desordenadas. Yo intentaba aprenderme de memoria el Capital, del que luego paso a ser nuestro querido Carlitos, pero me frustraba porque ya antes había fracaso mi intento de aprenderme de memoria la enciclopedia Larousse. Creo que Rafael prefería que conozca a los maestros infaltables de aquella época en que el mundo se dividía en colores y que nosotros estabamos aparcados en una policromía que no sabíamos interpretar. Y que sean ellos, los camaradas quienes moldeen mis incipientes inquietudes por la literatura, por la vida. Porque el poeta nunca más volvió a ejercitar el péndulo de su cabeza de izquierda a derecha tras leer mis poesías. Había una sencilla razón; nunca más estuve dispuesto a que mis poemas fueron leídos por el que años después sería nuestro entrañable Rafael Larrea.
Tras el primer encuentro con Rafael, las oportunidades de cruzarnos se iban sucediendo, podríamos decir: orgánicamente, naturalmente, en espiral con lo que siempre dijo: el compromiso. Y temas no faltaban, desde la importancia de los creadores y de los artistas en los procesos revolucionarios, del papel de la cultura en la misma causa, de las experiencias rusas, de la organización, de la organización, y de la organización de la conciencia, de la creación, de la lucha, de la vida, del amor, de las canciones ecuatorianas, de la música protesta, de la América Latina antiimperialista, de los grandes creadores, de las banderas y los símbolos, de Jorge Carrera Andrade, de los Tzánzicos, de la Bufanda de Sol, de Noviembre 15 y sus composiciones, del Centro de Arte y la Unap, del inminente ascenso de las nuevas generaciones para la toma del poder. Realmente, ahora que recuerdo, de mi poesía nunca más volvimos a hablar con Rafael. Me había acostumbrado a su semblante incómodo cada vez que me anunciaban para leer alguno de mis poemas en cualquier recital de poesía o encuentro literario.
Las tareas nos absorbieron, pese a la diferencia de edad la ilusión por estructurar la nueva cultura en nuestro país nos hicieron viajar por varias ciudades de la Costa, de la Sierra, del Oriente. Ahí estaba siempre él, el primero caminando a prisa por los Guasmos en Guayaquil hasta dar con el lugar de reunión, subiendo con su bufanda medio suelta a San Juan en Quito, entonando una guitarra en Guaranda tras una fallida velada poética ‘de masas’, en fin. Esta es la faceta del Rafael Larrea con la que me quedo. La infatigable actividad por los sueños. Yo era su alumno, definitivamente, no digo que el mejor, pero no había semana en la que no me haya contagiado de esa especial armadura de los luchadores. De él y muchos otros de quienes guardo especial sentimiento. Largas deliberaciones, reuniones, acuerdos, planes nacionales, provinciales, todos los días la táctica y la estrategia.
Pero venían los aniversarios, año tras año y a pesar de la enorme ilusión por ser dueños de nuestro propio destino, creo que todos no estuvimos en la ruta de Rafael, personalmente sentía que la propia realidad era más compleja que la que alcanzábamos a ver y no alcanzábamos a comprender, tal vez nuestro poeta si lo sabía, pero yo sentía que no podíamos seguir de aquel modo, y ya lo dijo Esopo: Una sola golondrina no hace primavera.

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